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  • Edición impresa de Junio 20, 2017.

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Una vez, un viajero que llevaba un petate y una olla vacía, llegó a un pueblo nuevo para él. Llevaba días caminando y estaba muy cansado y hambriento. Fue a la plaza y vio a la gente muy animada. Entre el bullicio distinguió a algunas personas sentadas comiendo buenos trozos de queso con pan de hogaza y refrescándose con vino de la última cosecha. Se acercó y les pidió por favor le invitaran algo de comida pues hacía más de dos días que no probaba bocado. Por desgracia, nadie le compartió.

Triste pero sin perder el ánimo, hizo una fogata. Cogió su olla, la llenó de agua en la fuente pública y le agregó una piedra limpia y lisa del tamaño de una naranja. La gente, se acercó a él.

– ¿Qué hace usted? ¿Acaso va a cocinar una piedra? – le preguntó un lugareño, cuya voz sobresalió entre los murmullos de la gente que se veía asombrada.

– Tengo una piedra mágica, hace la mejor sopa del mundo. Ahora mismo ustedes van a comprobarlo.

Decenas de personas se acercaron al viajero ¿Una sopa mágica? ¡Eso hay que verlo!

Cuando  el agua empezó a hervir, el extraño vagabundo sacó una cuchara de su bolsa y probó la sopa.

– ¡Uhmmm!… ¡Qué rica está quedando mi sopa! Claro que si tuviera algo de carne estaría más buena…

Uno de los lugareños le dio un pedazo de jamón que acababa de comprar.

– Pruebe a echarle esto, a ver si ayuda.

Al rato, el viajero la probó de nuevo.

– Realmente está más rica, pero con un poco de verdura quedaría exquisita – exclamó en alto para que todos lo escucharan.

Una mujer que salía del mercado y se había unido al curioso grupo, también quiso contribuir. – Tenga… unas zanahorias y unas berzas para añadir al caldo.

El hombre las aceptó encantado, las echó a la olla y nuevamente probó la sopa.

– ¡Qué maravilla! Pocas veces he comido algo tan delicioso… ¿Alguien tiene media docena de papas y un poco de sal para realzarla un poco más?

– ¡Yo tengo! – dijo un muchacho deseoso de probar la sopa – Espere un momento ahora mismo le traigo lo que le falta.

Tal como había prometido, el muchacho trajo la sal y las papas. Cuando la sopa estaba en su punto,  el viajero pidió a todos los presentes que fueran por un plato ¡Tenían que probar aquella maravilla!

Hombres, mujeres y niños comieron sopa de piedra y la encontraron espectacular. El inteligente viajero había conseguido que la gente del pueblo creyera que estaba tan rica por los efectos mágicos de la piedra, cuando en realidad, estaba buenísima  porque entre todos habían llenado la olla con delicias.

Una vez que el hombre comió y recuperó fuerzas, lavó la piedra y la guardó en su bolsillo ¡Probablemente volvería a necesitarla para comer!

 

 

 

 


 

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