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  • Edición impresa de Julio 17, 2018.

La Columna • El grito de México

México celebró el 1 de julio una jornada democrática donde votó alrededor del 63% de los 89 millones de mexicanos elegibles para sufragar. En muchos sentidos fue una fiesta cívica, adornada por signos evidentes de civilidad y madurez política: los perdedores aceptaron su derrota en tiempo récord y el ganador, Andrés Manuel López Obrador, extendió un ramo de olivo en aras de la reconciliación nacional.

Fue sin duda un proceso ejemplar de participación cívica que debería inspirar a todas las generaciones de votantes mexicanos, especialmente los jóvenes, a reconocer que el voto efectivamente cuenta y que al depositar el sufragio estamos poniendo nuestro grano de arena para definir el futuro de país que queremos. La democracia no se agota en el voto, pero sin éste es imposible darle legitimidad y dirección.

Sin embargo, también quedaron expuestas grandes manchas que empañaron el proceso electoral, como los asesinatos de casi medio centenar de candidatos y las amenazas que obligaron a otros a dejar la contienda. Si el fin de la impunidad es una de las metas del próximo Gobierno, ésta es una zona de preocupación que merece atención. Es una dramática paradoja que una de las elecciones más concurridas en la historia de México haya sido una de las más violentas.

Los mexicanos en el exterior también se sumaron a la fiesta democrática. De acuerdo con cifras del Instituto Nacional Electoral (INE), un total de 98,854 mexicanos que residen en 106 países en el extranjero votaron desde sus lugares de residencia. Aunque se trata de una cifra récord, que rebasa con creces los experimentos de voto golondrina en elecciones presidenciales previas, es una proporción anémica si asumimos que más de 12 millones de mexicanos viven fuera de su país, la mayoría en Estados Unidos.

Es decir que menos del 1% de los mexicanos en el extranjero completaron el maratónico proceso que incluía solicitar la credencial del voto a través de la red consular mexicana, obtener por paquetería las boletas electorales y devolverlas por la misma vía a México. Acaso la evidencia de que apenas un porcentaje magro de exiliados completó el proceso haga repensar en métodos alternativos o complementarios.

Por ejemplo, quienes cuenten con credenciales de voto válidas podrían tener la opción de votar por correo o en persona a través de la extensa red de consulados de México en Estados Unidos, un país donde se concentran alrededor de 8 cada diez votantes mexicanos en el exterior.

Se dice que muchos hispanos no votamos, ni en nuestros países de origen ni en nuestros países adoptivos, porque venimos de naciones donde no siempre se respeta la santidad del sufragio. Eso parece ser cosa del pasado en el caso de México y debe ser un aliciente para que todos los mexicanos y aquellos con doble nacionalidad voten para ayudar a definir el destino de sus vidas, sea en México o en el extranjero. Si el voto es nuestra voz, México gritó el 1 de julio.

 


 

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