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  • Edición impresa de Abril 18, 2017.

Populismo y xenofobia se hacen con el poder en Estados Unidos

Las consecuencias mundiales que puede tener el asalto a los cielos protagonizado por el multimillonario anti-establishment son impredecibles, pero la realidad es que los ciudadanos de Estados Unidos, víctimas del vendaval económico que se inició en 2007 tras la quiebra de Lehman Brothers y que ha provocado que amplias capas de la población perdieran poder adquisitivo, le han comprado al magnate de la construcción, Donald Trump, un discurso demagógico que promete recuperar la prosperidad perdida al mismo tiempo que agita la fractura social, la xenofobia y el miedo.

La llegada a la presidencia del tsunami Trump hizo temblar a los mercados financieros. Tras ocho años de mandato de Barack Obama, el primer presidente afroamericano, muchos esperaban ver por primera vez a una mujer en la Casa Blanca, pero la impopularidad de Hillary Clinton y sus últimos escándalos, sean reales o inventados, han lastrado a esta candidata. La maquinaria de poder y el despliegue propagandístico de los demócratas no han sido suficientes para detener al candidato republicano y su discurso del odio.

Al igual que con el Brexit, que Trump vaticinó y celebró, o con el referéndum por la paz en Colombia, el voto oculto y las decisiones de último minuto han dejado de nuevo en entredicho los sistemas demoscópicos contemporáneos, incapaces de predecir qué es lo que realmente quieren los ciudadanos. La práctica mayoría de las encuestas daban la victoria a Clinton, pero el voto masivo de estadounidenses blancos dejó a la ex secretaria de Estado fuera de ese Despacho Oval que ya ocupó su marido entre 1993 y 2001.

Muchos países sufren giros bruscos a lo largo de su historia, pero la poderosa influencia de Estados Unidos en el resto del mundo nos sitúa ante un tablero de relaciones internacionales hasta ahora desconocido. Tener al frente de la sala de mandos más potente del planeta a un magnate de la construcción, estrella de la tele realidad, que ha abusado de mujeres, que ha insultado a todas las minorías y que niega el cambio climático nos sitúa a las puertas de la incertidumbre. «Son las elecciones más importantes en la historia de Estados Unidos y del resto del mundo», insistían una veintena de actores en su vídeo de apoyo a Hillary Clinton con el que pretendían movilizar a sus compatriotas y que ha sido percibido por los votantes de Trump como el mensaje de un grupo de privilegiados que viven desconectados por completo de los problemas reales de los ciudadanos.

La victoria de Trump es la victoria del puñetazo en la mesa, del discurso del odio y del hartazgo. La confirmación, en definitiva, de que el populismo es un fenómeno mundial que, según las latitudes y coordenadas, puede adquirir distintos rostros. Es evidente que las élites tienen que renovarse profundamente para volver a conectar con una ciudadanía que, para expresar su descontento, se acerca peligrosamente al precipicio totalitario. Nunca antes como ahora vamos a necesitar la movilización y la implicación en la vida social y política de los más moderados.

 


 

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